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Jesús, fariseos y fariseísmo

by rularrondo

La palabra fariseo señala una fe hipócrita y fingida, pero Jesús tuvo también muchos acercamientos amistosos con ellos.

En Mateo 16:6 leemos: “‒Tengan cuidado ‒les advirtió Jesús‒; eviten la levadura de los fariseos y de los saduceos”, advertencia que acompañó con la extensa reprensión que les dirigió luego a los fariseos en el capítulo 23 de este mismo evangelio, en la que se destaca: “»¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que son como sepulcros blanqueados. Por fuera lucen hermosos pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre” (Mateo 23:27).

A raíz de esto, hoy la palabra fariseo ha adquirido connotaciones peyorativas para señalar una fe hipócrita y fingida. Esto puede hacernos olvidar que el Señor Jesucristo tuvo también muchos acercamientos amistosos con ellos.

Los evangelios registran por lo menos tres oportunidades diferentes en que aceptó de ellos invitaciones a comer en sus casas. También fueron fariseos los que pusieron sobre aviso al Señor para que huyera al informarle que Herodes lo quería matar. Igualmente, entre sus seguidores se contaban, con nombre propio, un fariseo llamado Nicodemo y es probable que José de Arimatea, quien proporcionó la tumba en que Cristo fue sepultado, también lo fuera.

Y el gran sistematizador de la doctrina cristiana: el apóstol Pablo, era un fariseo. De hecho, los fariseos eran la secta judía más cercana a la gente del común y eran admirados por su dedicación y estudio minucioso y disciplinado de la ley de Dios.

La condena de Jesús al fariseísmo
Cabe, entonces, preguntarse ¿por qué se les trata tan duro en muchos pasajes de los evangelios? Sin perjuicio de lo ya dicho a su favor, las siguientes son actitudes reprensibles de los fariseos que los cristianos debemos evitar.

En primer lugar, buscar la aprobación de los hombres, más que la de Dios: “»Todo lo hacen para que la gente los vea: Usan filacterias grandes y adornan sus ropas con borlas vistosas;se mueren por el lugar de honor en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, y porque la gente los salude en las plazas y los llame ‘Rabí’” (Mateo 23:5-7). En segundo lugar, su permanente actitud crítica y enjuiciadora más dispuesta a condenar, obstaculizar y hacer difícil la práctica de la espiritualidad que Dios requiere y aprueba: “»¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Les cierran a los demás el reino de los cielos, y ni entran ustedes ni dejan entrar a los que intentan hacerlo” (Mateo 23:13)

Los fariseos también eran sectarios, como lo denunció el Señor: “»¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Recorren tierra y mar para ganar un solo adepto, y cuando lo han logrado lo hacen dos veces más merecedor del infierno que ustedes” (Mateo 23:15).

Estaban más interesados en ganar adeptos para su propia escuela particular de pensamiento que guiar a las personas a Dios.

Adicionalmente, adolecían de cierta miopía por la que estaban muy atentos a los detalles cotidianos e inmediatos de la práctica de la fe, pero perdían de vista los principios fundamentales que estos detalles deberían honrar y que se encontraban siempre en el trasfondo: “»¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas! Dan la décima parte de sus especias: la menta, el anís y el comino. Pero han descuidado los asuntos más importantes de la ley, tales como la justicia, la misericordia y la fidelidad…” (Mateo 23:23).

Eso explica bien por qué el Señor se refirió a ellos diciendo enseguida con incisivo humor: “¡Guías ciegos! Cuelan el mosquito pero se tragan el camello” (Mateo 23:24).

Su práctica de la fe también tendía a degenerar en moralismos, tradicionalismos y legalismos superficiales, mecánicos y sin fundamento real en la Biblia que no involucraban una relación estrecha con Dios sino, a lo sumo, una relación distante y desligada en gran medida de la comunión íntima que Él nos ofrece en el interior de nuestro ser, como se puede concluir de estas otras palabras que el Señor les dirige: “¡Hipócritas! Tenía razón Isaías cuando profetizó de ustedes: »‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me adoran; sus enseñanzas no son más que reglas humanas.’” (Mateo 15:7-9).

Reglas que, además, imponían sobre los demás, pero no estaban dispuestos ellos mismos a cumplir: “Atan cargas pesadas y las ponen sobre la espalda de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para levantarlas” (Mateo 23:4)

A la luz de lo anterior, el problema con la actitud de los fariseos era la falta de balance y equilibrio en su práctica de la fe, pues visto con objetividad, no es que estuvieran equivocados en buena parte de lo que afirmaban, sino en lo que descuidaban al hacer sus afirmaciones y que terminaban, entonces, negando no sólo en el discurso, sino también en la práctica.

La solución de Jesús al fariseísmo
Por eso, el Señor consignó una sencilla clave para corregir las deficiencias de lo que podríamos llamar el “fariseísmo”, no solo de ellos, sino de muchos creyentes por igual.

Esta clave es la que encontramos en Mateo 23:23: “… Debían haber practicado esto sin descuidar aquello”. Y esto no es otra cosa que equilibrio y balance en la práctica de la fe.

Trabajar primero para agradar a Dios, pero sin dejar por ello de buscar la aprobación de los hombres también siempre que se pueda y esté a nuestro alcance, sin perjuicio de lo primero.
Cultivar un criterio propio y una saludable capacidad crítica, pero sin dejar que esa capacidad se convierta en un espíritu crítico y enjuiciador que se empeñe en condenar y en ver el defecto en todo.
Ocuparnos, ante todo, como cristianos, por la causa universal de Cristo sin rótulos denominacionales o eclesiásticos, pero sin dejar de hacer nuestro aporte al establecimiento y consolidación de la iglesia local en la que eventualmente nos congregamos.
Prestar la atención debida a las cosas grandes e importantes de la vida, pero sin dejar de atender y prestarle también el cuidado correspondiente a los pequeños detalles urgentes e inmediatos.
Y por encima de todo, esmerarnos por cultivar una devoción privada por la que nos mostremos siempre dispuestos a entregarle con humildad a Cristo nuestro corazón sin reservas en arrepentimiento y fe, pero sin descuidar de paso la moralidad propia del cristianismo y cumpliendo de buena gana las leyes y mandamientos revelados en la Biblia para el pueblo de Dios, para que tengamos paz y tranquilidad y lleguemos a vivir una vida provechosa, piadosa y digna.-

TOMADO DE LA PUBLICACIÓN DE «EVANGÉLICO DIGITAL»

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