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No pierdas de vista la gloria de la encarnación

by rularrondo

(Por *Steven R. Martin ).- Ha llegado la época navideña en la que conmemoramos la primera venida de nuestro Señor Jesucristo. En la tormenta cultural actual de la corrección política, es comprensible que en esta temporada pocas personas piensen en el don de la gracia de Dios a la humanidad. De hecho, la percepción pública de la Navidad es diferente de lo que solía ser. Santa Claus — un personaje ficticio, combinación de un San Nicolás distorsionado y el Padre Navidad inglés— ha suplantado a Cristo como el símbolo principal de la Navidad para muchos.

Sin embargo, detrás de los árboles, las luces y los villancicos, esta es la verdadera razón de la celebración, lo que debería estar en primer lugar: el nacimiento de nuestro Señor Jesús.

Los pastores se apresuraron desde los campos para presenciar el nacimiento del Señor en un pesebre, el gran «Yo soy» asumiendo nuestra humanidad. Como fue profetizado, Jesús es el cumplimiento del nombre «Emmanuel», que significa «Dios con nosotros». (Is 7:14, Mt 1:24-25). Su nombre «Jesús» es el equivalente griego del hebreo «Josué», que significa «Yahveh es salvación» o «Yahveh salva».

Esta es la encarnación: el Hijo de Dios tomando forma humana, el Dios no creado entrando en la creación. A muchos les parece increíble que el Hijo, siendo de la misma sustancia que el Padre, se hiciera hombre para cumplir el plan redentor de Dios. Sin embargo, aunque es difícil de entender para muchos, esto lo hace aún más glorioso. Fue Agustín quien dijo que cuanto más incomprensible el mundo pueda ver la encarnación, más divina nos parece a quienes hemos recibido la revelación de Dios en Jesucristo.[1]

El concilio eclesiástico de Nicea, en el año 325, afirmó la encarnación al decir que, según las Escrituras, Cristo es verdadero Dios de Dios verdadero, de una sola sustancia con el Padre, eternamente engendrado, no hecho, y que Cristo se hizo humano por nosotros y para nuestra salvación. La encarnación de Jesús y su relación con el Padre pudo haber sido disputada por hombres como Arrio, pero a medida que avanzó el tiempo prevaleció la verdad. El joven obispo Atanasio, más tarde conocido como «el campeón de la ortodoxia», escribió varias apologéticas, dos de las cuales son Sobre la encarnación y Discursos contra los arrianos. El historiador Ivor J. Davidson explica así la postura de Atanasio:

Solo la asunción de la humanidad por alguien quien es Él mismo plenamente divino podría llevar a cabo un cambio en este estado creado. Al convertirse en humano y vivir una vida humana, la Palabra divina, que es en sí misma la verdadera imagen de Dios, restauró la imagen de Dios que está empañada en nosotros.[2]

En otras palabras, Cristo solo podía ofrecer cambiarnos y perdonar al ser humano su pecado solo si Él es plenamente divino; si no lo es, entonces es impotente para redimir y renovar al ser humano para reflejar la imagen de Dios. Atanasio tenía razón, como leemos en la Palabra: «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1:14).

Atanasio afirmó el propósito de la venida de Jesús, en la cual Cristo tomó «un cuerpo como el nuestro, porque todos nuestros cuerpos eran susceptibles a la corrupción de la muerte, [y] entregó Su cuerpo a la muerte en lugar de todos, y se lo ofreció al Padre. Esto lo hizo por amor a nosotros».[3] Cristo vino a «buscar y salvar lo que se había perdido» (Lc 19,10). Él hizo esto para salvar al ser humano de la rebeldía, expiar los pecados del arrepentido y permitirnos vivir como portadores de la imagen de Dios bajo su gobierno. En su muerte y resurrección sustitutivas, Cristo tuvo éxito donde Adán fracasó y, como fue ordenado por el Padre, su recompensa es la herencia de la tierra y toda la creación (Sal 2:8).[4]

Ahora podemos llevar a cabo la Gran Comisión en Cristo, el avance de su reino a través del poder de su Espíritu Santo. Su obra no solo trajo el intercambio personal de la muerte por la vida eterna, la salvación y la redención disponibles en Cristo, sino también el intercambio de una cultura de muerte por una cultura de vida, una cultura en armonía con la palabra revelada de Dios.

Por eso encontramos gran gozo en el evangelio, porque como escribió Agustín: Cristo «deseaba convertirse en uno de nuestros hijos para hacer algo amoroso por nosotros; es decir, hacernos todos Sus hijos, los hijos de Dios».[5] Por eso celebramos la Navidad y no queremos perder de vista la gloria de la encarnación, en la cual Cristo, mientras estaba «acostado en un pesebre… el mundo descansaba en sus manos. [Y] cuando era un niño, no tenía palabras, y sin embargo era el Verbo mismo».[6]

Que su primer adviento nos recuerde nuestro llamado a predicar la buena nueva del reino de Dios mientras esperamos su segundo adviento venidero y prometido.-

Tomado de la Publicación de «Coalición por el Evangelio»

*Steven R. Martins es el pastor fundador de Sevilla Chapel y director del Cántaro Institute en St. Catharines, Ontario. Él ha trabajado en los campos de la apologética misional y en el liderazgo de la iglesia por ocho años. Ha hablado en numerosas conferencias, iglesias y eventos estudiantiles de Universidades. Steven tiene una Maestría summa cum laude en Estudios Teológicos con un enfoque en la apologética cristiana de la Veritas International University (Santa Ana, CA., EE.UU.) y un Bachelors Degree de Human Resources Management de York University (Toronto, ON., Canadá). Steven está casado con Cindy y viven en Lincoln, Ontario, con sus hijos Matthias y Timothy.

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