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“JESÚS ES VERBO, NO SUSTANTIVO”

by rularrondo

Esta frase, cargada de significado, fue la puerta de entrada al gran mercado de la música para el cantautor guatemalteco Ricardo Arjona, lanzado al mercado en 1988. Luego el artista, encontró la veta de las letras de amor y tomó ese rumbo. Pero la idea de esta reflexión es tomar esta frase para mirarnos al espejo. Qué significa Jesús en la vida de los que nos auto identificamos como seguidores de Jesús.

Es que el ministerio de Jesús no se basó en palabras sino en acciones. No buscó la fama, no andaba ofreciendo milagros, no regalaba recetas de prosperidad ni ponía como condición la protección de toda la familia bajo la condición de afiliarse al club que estaba formando. No. Jesús vino a servir, y no se sirve con proclamaciones sino con acciones. Jesús vino a entregar su vida para la salvación de la humanidad.

Jesús no vino a recomendar obediencia al poder de turno sino a despertar la rebeldía, pues el poder establecido solo intentaba dominar a las personas, ya sea por la fuerza, ya sea por el temor, ya sea convenciendo con engaño. Y Jesús venía a hacernos completamente libres, pero para ello era imprescindible conocer la verdad. ¿Cuál era esa verdad? Conocer a Dios que es Amor.

Pero claro que también el amor es acción. No alcanza con decir “te amo”, es necesario demostrar el amor. Si es sin palabras, mejor. El amor es una energía movilizadora, sanadora, milagrosa. El amor es acción. Apenas se siente, impulsa a la acción. Y tal vez después a las palabras. Cuando es al revés, se corre el riesgo de ser engañado por los intereses. Es más fácil obtener aquello que necesitamos o deseamos, si le expresamos a alguien frases cariñosas.

Es que el amor es dar, más que recibir. Recibir es la consecuencia de dar. La naturaleza nos lo enseña. Pongamos una semilla en la tierra y sin dudas que obtendremos frutos, y dentro de esos frutos decenas y decenas de semillas que prueban que lo que se le dio a la tierra volvió multiplicado. A veces, hasta confundimos la ecuación. Comprendemos que hay que dar para recibir, entonces damos cosas materiales, porque pretendemos recibir cosas materiales. Pensamos “voy a dar esto, para que Dios me dé esto otro”. Es evidente que el amor está ausente, y solo intentamos la “trampita” pensando que la prosperidad no viene de Dios sino de lo astutos que somos para obtenerla. Hay muchas recetas para la prosperidad, que no vienen al caso de esta reflexión, pero las recetas que no tienen al amor como condimento principal, no nos darán como resultado una prosperidad que mutiplique nuestra paz (tema para otra reflexión).

Crecí como creyente militando en varias iglesias donde la acción se reducía al menor esfuerzo posible. Si había alguna necesidad económica en alguna familia, se reunían donaciones se llevaba una canasta de alimentos, y ahí terminaba el compromiso de todos. Ya habíamos cumplido, tratando de justificarnos, aunque sin querer siquiera pensar que esa ayuda era apenas un paliativo, porque la familia seguía en estado de vulnerabilidad. Eso sí, nos anotábamos en cadenas de oración por todas las necesidades. El camino más corto, el compromiso más barato “voy a orar por usted”, olvidándonos de aquel episodio en que Jesús alimentó a una multitud. Pero antes, interpeló a los discípulos diciéndoles “denles ustedes de comer”.

Jesús hizo milagros, pero no era su propósito. De hecho, hizo uso del poder del que disponía como hijo de Dios por empatía. Se cruzaba una necesidad en su camino y no podía resistir seguir sin darle solución. Era el amor puesto en acción. No buscaba que esas personas lo siguieran por quedar en deuda con él por el milagro, solo era la reacción natural de amor al prójimo. De hecho, no todos los que recibieron milagros lo siguieron, y no todos salieron a contar haber sido sanados por el Hijo unigénito de Dios. Tampoco Jesús pretendía que su fama creciera a consecuencia de los milagros.

Ser seguidores de Jesús nos obliga a imitarlo, y “Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros.(Juan 13:34)” Nos invita a hacer lo mismo que él. “El que dice que permanece en El, debe andar como El anduvo (1°Juan 2:6)”. Pero tal vez el pasaje más fuerte es cuando el propio Jesús lava los pies de sus discípulos: “Entonces, cuando acabó de lavarles los pies, tomó su manto, y sentándose {a la mesa} otra vez, les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros. Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.” Aquí no hay dudas. Jesús quiere que seamos igual que él, no parecidos, sino idénticos, en la manera de amar a nuestro prójimo, demostrando con hechos que el amor es acción, es obra, no es solo palabras.

Para ponernos en acción y ser imitadores de Jesús ¿Quién, entonces es nuestro prójimo? ¿Debemos ponerle condiciones a nuestro prójimo que si no vemos frutos en ellos debemos abandonarlos a su suerte? El propio Jesús, en la parábola del buen samaritano (Lucas 10:25 al 37), lo explica como para que no queden dudas: “…—Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. 31 Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. 32 Así también llegó a aquel lugar un levita y, al verlo, se desvió y siguió de largo. 33 Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. 34 Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. 35 Al día siguiente, sacó dos monedas de plata[c] y se las dio al dueño del alojamiento. “Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva”. 36 ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones? 37 —El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley. —Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús.”. Como se ve, el Samaritano no le preguntó si era de su religión. No averiguó primero si era una buena persona o una persona malvada. No le dijo “voy a orar por usted”. No se excusó que no era su responsabilidad garantizar su sanación y su recuperación posterior. No argumentó que tenía la responsabilidad de sostener a su familia y que por ello no podía pagarle el alojamiento para que se reponga allí. Sino que actuó con amor por ese desconocido y no le puso como condición que una vez repuesto, se incorpore a la religión de él por haberlo ayudado.

La iglesia –que somos los que creemos en Dios y seguimos a Jesús- tiene la OBLIGACIÓN de ser imitadores de Jesús. Desde el líder, hasta el más pequeño de los liderados. NO está mal tener todo un programa de adoración, alabanza y oración. Pero eso es sólo el entrenamiento para que aflore el amor de Dios, de modo que una vez que estemos en estado, sigamos en acción. En esas acciones que Jesús hizo que no son otra cosa que prodigar amor al prójimo, con acciones concretas. Una iglesia sin amor, es un fans club de un dios sin poder. Una iglesia sin la acción que enseña Jesús, es una reunión de confundidos que admiran a Jesús, pero tienen suficiente egoísmo para reducir su admiración al ritual cotidiano de repetir canciones de alabanzas sin meditarlas y sentirlas, oraciones llenas de palabras sino la empatía que hace sentir en la carne el dolor de aquellos por quienes oramos. De otro modo ¿cómo es posible que una hora de oración se nos haga larga con la cantidad de necesidades que vemos a diario?

RUBÉN LARRONDO

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