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¿CUÁL ES LA IGLESIA QUE ESTOS TIEMPOS NECESITAN?

by rularrondo

La iglesia primitiva tiene la impronta de sus tiempos, con mucho de la “moral” del imperio Romano. Vino luego la iglesia “oficial” del imperio –la iglesia Católica apostólica Romana- y una especie de “diáspora” posterior con Martín Lutero dando el portazo y el posterior nacimiento de nuestras iglesias evangélicas.

Desde que Jesús formó a sus discípulos y los lanzó a predicar, la iglesia –como institución- se ha ido adaptando a los tiempos para cumplir su mandato: Contarle al mundo que Jesús es el Señor, y que sólo en él hay salvación.
Si bien el mensaje central del cristianismo siempre ha sido la salvación a través de Jesús, la propia escritura del nuevo testamento deja rastros de la cultura de sus tiempos, aún en tiempo de Jesús. Por caso, nadie cuestiona que en un momento determinado del año se liberara un preso, aunque sí que hayan optado por Barrabás en lugar de Jesús.

Los encendidos sermones de las distintas iglesias latinoamericanas, poco o nada han dicho de que los principales del judaísmo, hayan hecho lobby para hacer desaparecer a Jesús, que incomodaba demostrando ser el hijo de Dios. Es evidente que esas autoridades de verdad no creían en Jesús. Pero al no poder demostrar que no era el hijo de Dios, optaron por hacer desaparecer a aquellos que –ante las manifestaciones de su palabra y mucho más por los milagros que cuentan sus discípulos- comenzaban a dudar del poder religioso establecido y comenzaran a aventurarse en creer en eso que aparecía como “nuevo”.

Muchos de mi generación (ya pasé las 6 décadas de edad) conocimos la iglesia cargada de legalismo. Era natural aceptarla. No había nada distinto. Salvando las distancias, era como las sinagogas de las épocas de Jesús. Pero de pronto, no faltaron líderes que se animaron a algo distintos, aunque concentrando su mensaje en la salvación. Ahí, no sucedió lo mismo que con Jesús frente al poder establecido (por fortuna) pero no escasearon los que denostaron esa nueva forma de vivir el evangelio.

Esa nueva movida no tenía muchas novedades, aunque sí mucho “cotillón”. Así ganó notoriedad el pastor Giménez, en un céntrico cine de buenos aires que tenía reuniones continuadas desde las 8 de la mañana. Había escenografía que se renovaba todas las semanas, grupos de chicos, adolesentes y jóvenes que bailaban al ritmo de las alabanzas con coloridas vestimentas y con músicos de muy buen nivel en vivo. Terminaba un sermón y comenzaba un nuevo coordinador, a punto tal que el “visitante” desprevenido podía presenciar 2 reuniones con sus respectivos sermones, porque nadie les avisaba cuándo terminaba la reunión y se iniciaba la siguiente.

Aparecieron las bandas musicales que abandonaban definitivamente el saco (los varones) y la corbata y los vestidos largos (las mujeres). El pelo estrictamente corto de las iglesias más ortodoxas quedó en el recuerdo, y los músicos y cantantes de pelo largo y chicas de jean, eran parte de las bandas musicales consumidas por los jóvenes, e incluso llenando salones en giras musicales.

Pero la cuestión de fondo permanecía. Jesús seguía siendo el salvador, pero permanecía la matriz legalista aunque con un lenguaje suavizado. Esa nueva imagen, criticada por los que peinaban canas, tuvo su costado interesante. Sirvió para que muchos adictos a drogas y otras sustancias llegaran a la iglesia. Incluso muchos de ellos –con el tiempo- llegaron a ser líderes y hasta pastores.

Evidentemente, las culturas imperantes en cada tiempo, dejaron su huella.

Pero ¿Qué iglesia necesitamos, habiendo vivido las experiencias que enumeramos y otras que no mencionamos por cuestiones de espacio?

En todos los tiempos -opino- debió haber sido central la misión fundamental del cristianismo. De hecho, la propagación de la iglesia evangélica habla de que eso funcionó aceitadamente durante algunas décadas, hasta disputarle y hasta ganarle el centro de la escena a la iglesia católica.

Sin embargo, aquellas iglesias humildes, llenas de fervorosos cristianos, se vieron obligadas a renovar sus tempos, hermosearlos, ampliarlos, invertir en equipos de sonido etc. El propio crecimiento de iglesias vecinas, incentivó a que las demás las imitaran y comenzara la “fiebre del ladrillo”, por sobre la “fiebre de ganar almas” que había dado lugar a tantas nuevas puertas abiertas hasta en las más pequeñas localidades de toda américa latina.

Las metodologías de difusión utilizadas en los primeros tiempos, consistentes en marchar por las calles con acordeón y guitarras, jornadas de recorrer pueblos enteros, puerta a puerta entregando “trataditos” etc. Casi no cambiaron como si cambió la estética de las campañas y de los jóvenes que atraían a otros jóvenes.

Algunas instituciones parecían más clubes de admiradores de cristo, que congregaciones abocadas a rescatar almas. Y no faltaron las iglesias expulsivas. Pastores “dormidos en el tiempo”, que ponían a las nuevas almas “a prueba”. Si transcurrido determinado tiempo, el nuevo creyente no cambiaba de su vestimenta cotidiana al saco y la corbata, ya era mirado con desconfianza, y muchas veces azotado con sermones desde el púlpito. Las chicas que abandonaba la larga cabellera con el obligatorio rodete, por modernos cortes de pelo corto, tampoco eran bien recibidas. No se les llamaba la atención, pero se les dejaba entrever que no era agradable su aspecto. Los matrimonios que se separaban, tampoco eran bien vistos. Si alguien no prosperaba, cada tanto recibía algún sermón que lo situaba como falto de fe, o incluso ser culpable de algún pecado oculto que no le permitía prosperar. No faltaron las iglesias donde –por no paga el diezmo- los miembros no tenían posibilidad de “crecimiento”, colaboradores que eran “bajados de categoría”, músicos obligados a abandonar el coro.

¿Cómo estamos hoy? Según veo, consumiendo mucho evangelio a través de las redes, tratando de hacer visible su cristiandad a través de publicaciones copiadas de algún sitio de internet, consolando a los que por las mismas redes expresan sus desventuras y prometiéndoles oración. Pero no mucho más que eso.

Hoy, muchos creyentes abandonaron su congregación con alguna herida. Algunos se convirtieron en peregrinos visitadores de iglesias, mientras a través de las radios, la invitación a volver como el hijo pródigo, se repite. Las radios cristianas se multiplicaron pero no se convirtieron en herramientas de difusión para que el no creyente se entere que hay una nueva viva. Los programas –en general- abundan en contenidos para los que ya son conocedores. El propio lenguaje es propio del léxico de las congregaciones. ¿Cómo se le puede hablar a alguien en un idioma que desconoce y pretender que nos entienda?

La iglesia que necesitamos hoy, debe cuidar como a una piedra preciosa a cada uno de los creyentes que aún concurren a la iglesia. Debe tender la mano del que está detenido sin acusarlo de estar lejos de Dios. ¿Quién puede afirmar que una persona está lejos de Dios porque no se congrega? ¿Qué sabemos nosotros sobre la espiritualidad de quien no coincide con lo que pasaba en la iglesia a la que iba y se refugió a vivir su relación personal con Dios a solas, hasta tanto desaparezca el dolor que lo aqueja? ¿Cuánto esfuerzo hicieron los pares de aquel o aquella que dejó de congregarse para entender qué le pasa y para convencerlo/a de que todos se puede cambiar hablando? ¿Cuánta predisposición a cambiar existe desde el pastor para abajo, para cambiar aquello que ha dejado fuera del camino a más de uno?

La iglesia que hoy necesitamos, debe tener como norte la salvación de las almas. El evangelio no tiene como parámetro nuestra mirada sino la de Dios. Debemos llevar salvación no condenación. Lo más importante es rescatar las almas. La ley es para los judíos, nosotros somos salvados por gracia. Por algo Jesús –respondiendo a cuál es el mayor mandamiento- responde: (Mateo 22) “ Amarás al Señor tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de toda tu mente. 38Este es el primero y el grande mandamiento. 39Y el segundo es semejante á éste: Amarás á tu prójimo como á ti mismo. 40De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas.”. de estos 2 mandamientos depende toda la ley y los profetas. Dicho en otras palabras, cumplir con esos 2 mandamientos es suficiente para haber cumplido toda la escritura.

¿Es necesario, entonces, estudiar la biblia? Por supuesto que sí. La biblia es el manual de instrucciones para tener una vida abundante. Pero no es el garrote con el cual golpear a otros. No es “cristianómetro” para medir quién es mejor cristiano. Si consideramos que algún pasaje en particular debe ser puesto en práctica, pues ponlo en práctica en TU vida, sin que eso se convierta en ninguna obligatoriedad ni para tus amigos ni para nadie.

¿Hay en tu iglesia un cristiano que no tiene buen testimonio? Ayúdalo a entender qué quiere Dios de él, pero cuida de no acusarlo, ni reprocharle su forma de ser o de vivir. Que sea Dios quien cambie las vidas y no nuestros prejuicios. Eso necesitamos en la iglesia de hoy. Que las personas, sean perfectas o muy imperfectas, siempre estarán mejor dentro de la iglesia que afuera.

Imaginemos que la iglesia es una nueva arca de Noé. La persona que sale de allí, cae a las aguas y es muy difícil rescatarla. Y si alguien ya no está a bordo, rescatémosla de manera urgente, no sea que desaparezca en las aguas fuera del arca. Pensemos quiénes eran nuestros “compañeros de viaje” y veamos si aún están, no sea cosa que venga Dios y nos haga la pregunta que le hizo a Caín: “Dónde está tu hermano”. Es muy posible que si eso sucede, caigamos en la tentación de repetir la respuesta de Caín: “No sé. ¿Acaso soy yo guarda de mi hermano?”. Porque de ser así, nos convertiremos en asesinos al igual que Caín. Sí somos responsables de nuestro hermano.-

RUBÉN LARRONDO

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